Se acabó la diversión

“Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar”…. Así cantaba el pueblo cubano en el año 59 del pasado siglo, cuando Fidel Castro entró triunfante en la Habana. Explotación, despilfarro, corrupción, ostentación, manipulación y sometimiento a los poderes económicos, especialmente extranjeros, eran las señas de identidad que el gobierno de Batista ofrecía a su empobrecido pueblo. El soufflé perfecto donde inflar cualquier revolución, como la historia se ha encargado de mostrar una y otra vez: con la toma de la Bastilla, en Francia, o la revolución bolchevique, en Rusia, por poner algunos ejemplos. Tiempos aquellos en los que esa antagónica dualidad parecía condenada a repetirse. Por un lado, la dominación económica y política de unos pocos a costa de los derechos y la miseria de la mayoría, contestada por las revoluciones que acababan imponiendo el llamado gobierno del proletariado de partido único.

Paralelamente, sin embargo, parecía ir consolidándose, especialmente en el llamado Occidente, los regímenes democráticos cuyos idearios se intentaban edificar, básicamente, sobre los pilares de la libertad del individuo y el bien común, cómo la mejor de las opciones para evitar padecer los excesos que se suelen sufrir al sucumbir a esa esquizofrénica bipolaridad política y social, en la que suelen alternarse los totalitarismos de todo signo. Y así se fue enfatizando en los derechos humanos, en la igualdad de todos los individuos, en la solidaridad o en la persecución de la sociedad del bienestar. Tiempos en los que John Lennon cantaba “Imagine”, mientras florecían los movimientos pacifistas, feministas, ecologistas, antirracistas, etc., cuyo denominador común era luchar por salvaguardar la dignidad del ser humano, en todas sus vertientes. Tiempos en los que la lista de los más valorados la encabezaban personajes como Gandhi, Nelson Mandela o Martin Luther King; en los que algunos países acogían abiertamente la desgracia causada por las guerras o la opresión de otros; en los que se fijaban objetivos como acabar con los arsenales nucleares o poner fechas para erradicar el hambre a nivel mundial. Tiempos en los que palabras como solidaridad, igualdad o fraternidad aún tenían sentido, antes de ser prostituidas por las bocas de tantos políticos y demagogos de turno. Tiempos, en definitiva, en lo que soñar con un mundo mejor podía ser una opción de futuro.

Y no, no es que esté sufriendo un rebrote de acné melancólico, predispuesto a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cada época, cada momento histórico, ha tenido sus luces y sombras. Pero aún recuerdo cuando las luchas ideológicas ocupaban la intelectualidad en la búsqueda de los más altos valores; cuando la unión de países europeos nacía bajo la esperanza de una gran hermandad, alejada de los dogmáticos nacionalismos defensores de su propia endogamia; cuando la banda sonora que acunaba esos sueños vibraba en las gargantas de cantautores como Víctor Jara, Joan Báez, Bob Dylan, Serrat… o de poetas como Neruda, Benedetti, Alberti o Gabriel Celaya. Tiempos aquellos en los que, bajo los adoquines, se buscaba arena de playa.

mercados

Sin embargo, desde entonces hasta ahora, esas voces se han ido apagando bajo el estruendo de una nueva banda sonora con su machacona canción: “Se acabó la diversión, llegó el Mercado y mandó parar… se acabó la ilusión, llegó el Mercado para gobernar… se acabo toda consideración, llego el Mercado con su Donald Trump…” Y ahora la lista de los más valorados se publica en la revista Forbes, con personajes como Bill Gates o Amancio Ortega, mientras el poder económico sigue extendiendo la nueva modalidad de pobreza: la de los trabajadores pobres (nunca mejor dicho, ¡pobres trabajadores!); los países se cierran, con sus altos muros y alambradas, para dejar fuera los gritos de horror y desesperación, al tiempo que el Mediterráneo se convierte en el mayor cementerio marino; y la maltrecha utopía, cada vez más sepultada bajo los adoquines, porque ya nadie parece buscar la arena de playa.

Fidel Castro ya murió. ¡Qué pena que el Mercado goce de tan buena salud!

José Moral. Simpatizante de EQUO Córdoba

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