El cambio será feminista o no será

No puedo estar más de acuerdo con los elementos que las ponencias anteriores han enumerado como parte imprescindible del cambio del sistema político y del sistema económico y social. Y sin embargo, si consiguiéramos construir un cambio con todos esos elementos, sin tener en cuenta el feminismo ciertas cosas no cambiarían nada para la mitad de la población.

Las mujeres seguiríamos estando infrarrepresentadas en política, siendo más pobres y cobrando menos que los hombres, sufriendo todo tipo de violencias por el hecho de ser mujeres y por supuesto, seguiríamos ocupándonos mayoritariamente de los trabajos de cuidados y reproductivos.

Y es que no hay más vieja política que la hecha exclusivamente por hombres. Podremos construir un sistema político más democrático, más abierto a la ciudadanía, más transparente y participativo; pero si las mujeres no participan en igualdad, ni tienen puestos de responsabilidad y liderazgo, no será tan democrático como nos gustaría ni asegurará la igualdad de oportunidades de la manera a la que aspiramos.

El cambio que llegó en las municipales lo hizo liderado por las mujeres (Ada Colau, Manuela Carmena, Mónica Oltra), y lo hizo además con unos principios y mecanismos de participación (entre otros la paridad y las listas cremallera) que favorecieron el protagonismo de las mujeres en este proceso de construcción de alternativas políticas y ciudadanas a nivel local.

Seis meses después no hay ni una sola mujer candidata a la presidencia del gobierno y las mujeres encabezan 1 de cada 3 listas. Esto supone que en un escenario de reparto de escaños entre más partidos, entrarán más números 1 (mayoritariamente hombres). Podría darse entonces la circunstancia de que tengamos un parlamento de los más masculinizados, a pesar de la ley de paridad (que obliga a un mínimo de 40% de mujeres en las listas en tramos de 5).

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Porcentaje de participación
Mientras el porcentaje de participación de la mujer no se aproxime a su peso porcentual en el total de la población (¡51%!) habrá que seguir hablando de barreras y desigualdad. Si realmente queremos un cambio en la cultura política, hay que poner los medios necesarios para eliminar obstáculos y facilitar la participación de las mujeres, promoviendo su visibilidad y liderazgo. La menor presencia en número y cargos de responsabilidad no es fruto del azar o de la menor preparación, sino otra manifestación de la desigualdad que las mujeres sufrimos por el mero hecho de serlo.

Y esta es la segunda dimensión del cambio: cómo eliminar las desigualdades estructurales que el patriarcado, gran aliado del capitalismo, ha conseguido institucionalizar en nuestra economía, nuestra sociedad y nuestras relaciones personales. A día de hoy existen dos cuestiones prioritarias: la violencia machista y la desigualdad económica. Ambas exigen una acción política específica, porque nos convierten a las mujeres en ciudadanas de segunda.

Y lo hacen hasta tal punto que muchos hombres ejercen la violencia física, sexual y psicológica hacia nosotras con total legitimidad moral e impunidad social, sin que ni las instituciones ni las administraciones públicas lo vean como una prioridad política. Igualmente, los mayores datos de pobreza feminina, desempleo, precariedad laboral y la brecha salarial ponen de manifiesto que la independencia económica es para muchas mujeres inalcanzable. Hecho que no se asume como una merma de nuestros derechos, sino como una “circunstancia del mercado”.

Reparto del trabajo productivo
Sin embargo, cualquier cambio en nuestro sistema quedará incompleto si no aborda el reparto de trabajo reproductivo. Ese trabajo que realizan mayoritariamente las mujeres en todo el mundo, ese que es imprescindible y que no aparece en ninguna estadística ni indicador de progreso o riqueza. Nuestro modelo de sociedad, producción y consumo está basado precisamente en esa fuerza de trabajo gratuita que somos las mujeres y que realizamos las tareas básicas para la vida. Si tuvieramos que pagar ese trabajo en la sombra el sistema se colapsaría

La conciliación no basta, acaba siendo una trampa para las mujeres (la doble jornada). Hay que trabajar por la corresponsabilidad, los hombres y las instituciones deben asumir su parte en este trabajo esencial para la sociedad. Porque no nos engañemos, la desigualdad social, económica y política de las mujeres tiene su origen y es consecuencia de asumir sin remuneración, sin visibilización y sin reconocimiento el trabajo más básico que necesitamos como sociedad: el de cuidar de la vida.

¿Cómo hacer que la igualdad formal se traduzca en igualdad real? He aquí el doble reto del cambio: asegurar una mayor participación política de las mujeres para conseguir eliminar el origen de las desigualdades. Si asumimos este reto como democrática, ética y políticamente ineludible, no queda otra que incorporar el feminismo al cambio.

Rosa Martínez. Portavoz de EQUO. Artículo publicado en Público.es  en 20D: Oportunidad de cambio

 

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