La República del siglo XXI: Roja, Amarilla, Morada y Verde

Me pregunto en voz alta, incluso antes de empezar a forjar en mi cabeza esta pequeña reflexión sobre la posibilidad de instaurar una República en esta España del siglo XXI, a quiénes podría potencialmente interesar, aunque fuese de manera tangencial, este artículo. ¿A los progresistas desencantados de la Transición? ¿A los herederos intelectuales, espirituales o morales de aquella parte de la sociedad civil y militar (y eclesiástica) que apoyó a la II República? ¿A los ciudadanos que mantienen con sus votos y/o su apatía este enrarecido sistema político que acordamos en llamar democracia? ¿A los actuales nietos putativos del anarcosindicalismo que consideraban aquella República una continuación del orden burgués que había que destruir para alcanzar el comunismo libertario, unos, o el socialismo real, otros? ¿A esa derecha católico-camaleónica capaz de abrazar al capitalismo, al fascismo, a ideologías radicalmente contrarias a su propio credo y, de paso, a toda una gama inmensa de horrores con tal de mantener sus privilegios-cuentas bancarias? ¿O, para no extenderme mucho, a esa prolija masa de españoles y españolas que afirman un tanto puerilmente que lo que piden al gobierno, sea del signo que sea, no es sino trabajo, seguridad y bienestar, “ahí es nada”.

Como indefectiblemente suele ocurrir con la Historia (de España también) los hechos se repiten una y otra vez si de tiempos convulsos hablamos: volvemos a estar en medio de un naufragio dirigido denominado “crisis mundial”, las cifras de desempleo después de muchos años vuelven a ser insultantes, las instituciones (las personas que están al frente) están manchadas por la gruesa pátina del dinero fácil, las prebendas y las corruptelas, la “cuestión catalana” vuelve a ser noticia, la monarquía se ha convertido en una caricatura de sí misma, la iglesia (su jerarquía) vuelve a autoproclamarse con el último bastión de la patria y las costumbres, etc., etc.

Y después de estas conjeturas entre el pasado, el presente y mi mente, la gran pregunta: ¿Es relevante para la ciudadanía hablar en España en 2014 del sistema político que nos gobierna? Un par de ideas para no enmarañar, aún más, este inagotable y ridículo mundo de la (des)información y las palabras lanzadas por cualquiera al espacio.

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Junto a la crisis política, económica, social, institucional, etc., se nos aparece la crisis medioambiental, energética, alimentaria y ética. Algunos dirán que menuda tontería equiparar los problemas medioambientales, energéticos y éticos a los sociales, políticos y económicos. Otros, directamente, hablarán de los aburridos y “conspiranoides” que pueden llegar a ser los defensores de la ecología política con sus utópicas ideas sobre cómo transformar la realidad.

La ecología política lleva en su ADN, entre otras cuestiones, la democracia directa y real en el que esta no se entiende solo como un sistema formal de representación política, sino como un equilibrio de poderes en el que la ciudadanía organizada y no organizada sea la protagonista de su propio devenir mediante la deliberación, la búsqueda del consenso y la toma de decisiones. Una democracia en la que se garantice la participación ciudadana en los asuntos públicos, a través del establecimiento de mecanismos de participación directa, la representación política proporcional o la apertura de los partidos políticos a la ciudadanía. Y sobre estos cimientos deberíamos construir la República del siglo XXI. Eso sí, no podemos olvidar que sería estúpido y de una irresponsabilidad supina que obviáramos en la edificación de esa idea la sangrante desigualdad social con la que convivimos, el pésimo estado en que se encuentra el sistema educativo y la prioritaria necesidad de cambiar el modelo productivo y el modelo de consumo. Si no, podríamos volver a tener, en vez de un modelo estable de organización política, un nuevo, perecedero y frustrante experimento con los pies de barro.

La segunda idea es más sencilla si cabe. Los ciudadanos que formal y jurídicamente convivimos bajo ese paraguas llamado España somos tan distintos como semejantes a la vez que estamos en continua evolución social, intelectual y emocionalmente hablando. El mestizaje que nuestras sociedades comienzan a experimentar cada vez más está cambiando nuestro habitual panorama vital. Nuestros jóvenes, tanto los obligados a emigrar como los que salen al exterior por voluntad propia o los que están interconectados con el resto del mundo, están desterrando de su mente los conceptos cerrados y excluyentes que los patriotismos de uno y otro género habían inoculado en muchos de nuestros cerebros. Por todo esto, construyamos lo que construyamos no volvamos a revivir el pasado. Tenemos que ser conscientes de que no somos exactamente iguales y que, a lo mejor o a lo peor, o somos capaces de organizarnos de forma diferente, sin miedos ni fantasmas del pasado, o nunca tomaremos el verdadero tren de la democracia, la igualdad y la justicia social.

A esa República fabricada sin algaradas efectistas, sin discursos vacuos, con ideología pero sin bandos, que apele a la excelencia de los ciudadanos y no a su mediocridad, donde desde el Estado se fomente la equidad social frente al culto al liberalismo tecnocrático, donde prime una educación que en vez de ceñirse a las necesidades de los mercados se oriente a las necesidades del individuo tanto en su carácter individual como colectivo, donde la economía se ponga al servicio del desarrollo integral del ser humano; a esa República, aún a sabiendas de que en el fondo todo es efímero, yo me apunto.

Diego Rodriguez, educador, coportavoz de EQUO Córdoba

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