Dedicado a las victimas invisibles

El día 25 de noviembre es el día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la mujer, aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas en diciembre de 1999. Un día como éste, en el que se visibiliza a estas víctimas y la lacra que supone la violencia machista, es fundamental hacer también visibles a aquellas víctimas olvidadas: los  hijos e hijas de las mujeres que sufren este maltrato, físico, económico, sexual y en cualquier caso, siempre psicológico.

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Se considera que la madre sometida al maltrato de su pareja soporta unos niveles de estrés y tensión que dificultan el desempeño de las responsabilidades para con sus hijos e hijas, lo que repercute directamente en su bienestar. Y no podemos dejar a un lado el hecho de que, en muchos casos, el padre además de maltratar a la madre, también lo hace con sus hijos o hijas, quienes son diana del maltrato psicológico e incluso físico, sufriendo el maltrato de la madre como propio.

Crecer y desarrollarse en un ambiente violento produce serias secuelas a los niños y niñas que lo viven. Una consecuencia fundamental es que los modelos para afrontar la frustración y las dificultades se basan en la violencia que han presenciado en casa. Los niños y niñas aprenden de lo que ven y en una familia con violencia, como es este contexto, aprenden que, cuando se enfadan o algo no es como desean, pueden gritar, insultar, despreciar, pegar, etc. porque es lo que han visto en su casa, en su padre, que es un referente esencial en el desarrollo.

Por otro lado, los niños y niñas que viven en una familia en la que existe violencia de género sufren graves consecuencias emocionales, que se relacionan directamente con la creación del vínculo afectivo que se establece entre padres e hijos/as. De este vínculo, vital para el desarrollo de las personas, va a depender, entre otras cosas, la seguridad del menor para conocer y explorar el mundo, su autoestima y sus relaciones personales en la infancia, adolescencia y en la vida adulta.

Y el culmen de esta violencia se traduce en menores que quedan huérfanos y huérfanas de madre (40 en lo que va de año)  y en ocasiones son asesinados junto con sus madres por sus propios padres, concretamente son 5 este año.

Estas son sólo algunas de las consecuencias para los niños y niñas, que hoy, ahora, en sus casas, conviven con la violencia machista de sus padres hacia sus madres. Y si esto fuera poco, no se puede obviar el hecho de que uno de cada tres niños que viven situaciones de violencia o maltrato en su infancia, van a reproducir el rol de agresor en la vida adulta. Son razones más que suficientes para entender que si queremos erradicar esta lacra no podemos olvidarnos de los hijos e hijas de las mujeres víctimas.

Estamos hablando de las próximas generaciones de nuestra sociedad. La pregunta es ¿cómo queremos que sea esta sociedad? No podemos mirar para otro lado ni podemos olvidarnos de las víctimas más frágiles e indefensas de este problema social, debemos hacer que el interés superior del menor que tanto promulgan nuestras leyes tenga un contenido real. Hay que poner todos los esfuerzos ayudando, colaborando y promoviendo actuaciones para que estas secuelas sean superadas y puedan ser niños y niñas felices y personas adultas respetuosas y no violentas.

María López Gozalo, psicóloga experta en intervención con menores víctimas de violencia.y simpatizante de EQUO.

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