Por higiene democrática, las cosas por su nombre

Aunque la desbordante escalada de sucesos y noticias que, alrededor de la política, de los políticos y su ineludible conexión con la ciudadanía, nos estallan en la cara día tras día son progresivamente más indignantes e increíbles, me niego a perder la sonrisa de la cara, me niego a dejarme arrastrar por esa ola de resignación, abatimiento y derrota que nos persigue. Y como no quiero caer en esa dinámica vital que no nos lleva a ningún sitio, sigo repitiéndome todas las mañanas mi particular mantra: “frente al pesimismo de la razón hay que esgrimir el optimismo de la voluntad”.

Ya sé que estamos en crisis, que millones de familias y de personas han llegado a unos límites intolerables, que nuestros derechos y nuestros logros sociales están desapareciendo a una velocidad tan inusitada que todavía no somos capaces de calibrar el coste de la pérdida y sus consecuencias.

Diego Rodríguez

No voy a reñirles, tan sólo les pido que nos coloquemos ante el espejo y nos preguntemos ¿Podemos cambiar esta inercia? Y si la respuesta es afirmativa ¿Qué sociedad queremos construir?

Es cierto que el ser humano es complejo, intricado, difícil. Que la Verdad con mayúsculas, pura, única, lineal y eterna no existe. Que la realidad y el deseo caminan muchas veces por caminos totalmente divergentes. Y así podríamos seguir hasta el infinito.

Ahora bien, existen hechos incontestables, unidireccionales, sencillos, verdaderos, que no permiten discusión alguna. Son pocos, es cierto, pero los hay. Ahí va uno.

Es posible que a muchos de vosotros os parezca una enorme sandez pero la tarde- noche de las pasadas elecciones municipales, acabado el escrutinio y tras conocerse que el señor Rafael Gómez había conseguido en Córdoba casi 25 mil votos y se convertía en la segunda fuerza política de la ciudad, salí al balcón de mi casa y grité (quizá me quedó demasiado teatral pero me salió del alma) ¡¡¡¡Qué vergüenza!!!!!, y luego, más bajito, ¡de ciudad!).

Transcurridos más de dos años, resulta que el señor Gómez, concejal del Ayuntamiento de Córdoba y presidente de esa farsa llamada UCOR, montada a su imagen y semejanza y refrendada por los ciudadanos en las urnas, por esas cosas que tiene la democracia, que da cabida hasta a quienes nunca han creído en ella, ha sido condenado por cohecho. O sea, por cometer un delito y, para más inri para un representante público como es él, contra una administración pública. Vamos a repetirlo con un lenguaje menos técnico porque algunos parecen que no se han enterado: condenado por soborno, por corrupción, por engaño, por pasarse por el forro la legalidad, la justicia, la igualdad de oportunidades, y todas esas fruslerías y memeces que, para los que piensan como él, no tan son prioritarias como algunos dicen.

Esperen, que a lo peor no está claro el concepto. Repetimos, “delito”, acción típica, anti jurídica, imputable, culpable, sometida a una sanción penal.

Ahí va otro de esos hechos incuestionables. La Audiencia Nacional ratificó en mayo la multa contra los exconsejeros de Cajasur. Algunos de esos consejeros eran y son del PP, del PSOE y de IU y también son representantes públicos, incluso en el Ayuntamiento de Córdoba. Estos muchachos han cometido “algunas” infracciones. Para quien no lo tenga claro, “infracción”: transgresión, quebrantamiento de una ley, pacto o tratado, o de una norma moral, lógica o doctrinal.

Estos señores nos gobiernan y lo permitimos. Pero no nos olvidemos, han sido ellos y el poder que han ido adquiriendo sus partidos políticos quienes han acabado desprestigiando a nuestra democracia, a nuestras instituciones y a la propia capacidad de la ciudadanía.

Por eso y por hechos como los de antes, todos los implicados deben dimitir ya y, después, nosotros debemos dimitir de nuestra pasividad para ser co-partícipes de la regeneración democrática que necesitamos para abandonar este estado de shock en el que nos encontramos. Eso sí, nos toca trabajar, responsabilizarnos, formarnos, escucharnos y todo el abanico de verbos que nos hablan de la voluntad y del esfuerzo colectivo. El resto son y serán milongas.

Diego Rodríguez, coportavoz EQUO Córdoba

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