MIRANDO HACIA ATRÁS PARA AVANZAR CON INTELIGENCIA

Hace unos siglos, un rey decidió que Irlanda se dedicara a un monocultivo, no creo que sea necesario especificar ni el rey ni el siglo, pero si que el monocultivo fue de patata y las plantaciones enfermaron, de tal forma que se produjo una situación de hambruna brutal y una pobreza sin calificativos. A los irlandeses no les quedó más remedio que emigrar y expandir su cultura por todo el mundo. Gracias a esto se ganaron dos cosas, la primera el día de San Patricio y la segunda una lección importante que es no centrar tu economía en un solo producto. Sin embargo, el paso de los años erosiona todos los conocimientos adquiridos por la experiencia y el inicio del siglo XXI ha mantenido arraigada la celebración de San Patricio, pero no las lecciones de aquella crisis. Por ello, en plena pandemia provocada por una pequeña criatura inanimada (porque los científicos no se aclaran si un virus se puede considerar vida o no) la economía ha quedado no en crisis, sino en suspenso.

Muchos hablan de una situación de guerra y pienso que es apropiado, aunque algunos lo rechacen, no por un afán bélico sino por una situación excepcional que, además, permite comparar e imitar situaciones parecidas. En una guerra todo queda subordinado a las circunstancias y todos las entendemos a la perfección. Por ejemplo, en pleno bombardeo aéreo a nadie se le ocurriría decir que es inventado o ficticio, o que el gobierno está manipulando, todo el mundo sin excepción se metería en un búnker. Sin embargo, con el virus del COVID-19 esto no es así, no todos lo ven tan evidente y hay muchas voces críticas y algunas que piden directamente desobediencia. Desde el ámbito local hasta el internacional, sorprende la actitud de tantos políticos que pugnan por salir en una foto y sueñan con volver a su normalidad, cuando la realidad les come. Y aquí me detengo. “Normalidad”¿ qué es eso?, ¿lo que estábamos viviendo era lo normal? Creo que si buscamos en las páginas de la historia, nuestra normalidad no era más que una ficción idílica y siempre que no saliéramos del confort de la clase media alta de los países occidentales. Pero si seguimos rebuscando en ella, encontramos que muchas generaciones han vivido inmersas en guerras, pandemias, crisis, pobreza. Por tanto, la normalidad es un parámetro que debemos de redefinir. La normalidad ahora es convivir con este virus y no ignorar o intentar volver a lo anterior, ya que nos devolverá a la situación de alarma y, por tanto, de parálisis económica.

Pero volviendo a nuestro símil de guerra, esta pandemia difiere en algo, que afecta directamente a la economía: mientras en un periodo de guerra se genera una economía de guerra, en esta pandemia se produce un freno total, un parón, aquí es donde puede surgir el concepto de economía de pandemia. La idea es elaborar un escenario donde nuestras fábricas y empresas se reestructuren para elaborar el material necesario para combatirla. Como en el caso la patata irlandesa que aprendimos a no depender de un solo cultivo, las economías deben aprender a no depender sólo del crecimiento, ya que las nuevas circunstancias no lo van a permitir. Uno de los aspectos de la actual economía es que a la más mínima variación se hunde, es todo demasiado dependiente de factores que no son controlables, la única manera de sobrevivir a esto es intentar tener una economía darwiniana que se adapte a la evolución de nuestro planeta.

Esta necesidad de cambio es imperativa porque, para desgracia de todos, el tiempo se nos agota. El cambio climático no es más que un síntoma de un planeta agotado que poco a poco va perdiendo su equilibrio como ecosistema y este juego que nos traemos con la química del planeta, que ni entendemos ni controlamos, provocará más y más situaciones límites. No serán desastres bíblicos, pues no hay ninguna deidad detrás de ellas, sino las propias normas que rigen el universo.

Sin embargo, y conectándolo con todo lo referido en este artículo, es posible cambiar el chip. Donde se pueda, mantener la iniciativa privada, pero con moderación y equilibrio, para conservar los aspectos positivos de confort y bienestar que nos han traído el conocimiento y la tecnología. En todo caso, habrá que ir sustituyendo nuestra relación con la tierra, pasando de la explotación hacia la simbiosis basada en el equilibrio. Hoy día se pueden obtener productos equivalentes a los del petróleo a partir de los residuos generados en nuestra sociedad, la naturaleza está dotada de millones de mecanismos que podemos usar para ese fin. No todo es extraer y quemar, podemos crear, la naturaleza es el lienzo que nos aporta la posibilidad de dibujar una humanidad más brillante y equitativa. Ante las lecciones olvidadas del pasado, como una economía basada en el cultivo de patata, podemos de una vez por todas aprender y diversificar nuestras economías. Puede y debe haber turismo, pero debe encontrar un límite, no puede crecer y crecer indefinidamente. Podría seguir usándose petróleo, pero debe haber un límite y un control. Las ciudades deben entrar en equilibrio con las zonas rurales y lo nuevo y lo viejo deben de saber amoldarse. Si el objetivo es que todos seamos felices, cómo es posible que a veces gente tan infeliz nos gobierne.

Para finalizar, hay que dejar claro que si queremos generar una economía evolutiva que nos permita sortear las crisis que nos agravian en el presente y futuro, ha de estar basada en un principio básico: la relación entre la humanidad y la tierra. La investigación y el desarrollo deben ser el vehículo para ello, analizado con imparcialidad y desde la perspectiva de la veracidad de sus datos. Y finalmente la educación, que es el epicentro del cambio, una educación basada en hechos objetivos, cimentada en la igualdad y cuyo objeto sea la justicia, no solamente social, sino también profesional y moral.

Sin duda alguna, este cambio se producirá en la humanidad. La incógnita es ¿cuál será el precio que deberemos pagar hasta que aprendamos de las lecciones de la historia?.

Miguel Carmona. Investigador de la Universidad de Córdoba y miembro de EQUO.

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