Tontilandia en tiempos del coronavirus

La psiquiatra Elisabeth Kübler Ros desarrolló un modelo de cinco etapas (Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación) para ayudar en el duelo a pacientes que se enfrentaban a  la muerte. Posteriormente su uso se extendió a cualquier situación que suponga una crisis existencial como la pérdida de un ser querido, el trabajo, la ruina económica o un divorcio. A efectos de los comentarios que voy a exponer solo consideraré las dos primeras etapas, Negación e Ira, por ser las que estamos experimentando ante la epidemia del coronavirus.

Desde que se comunicaron los primeros casos en el mes de diciembre en China hasta mediados de marzo, en nuestro país TODOS estábamos instalados en la fase de “negación”. Solo tenemos que echar la vista atrás y mirar nuestra conducta en esos días. Comprobaremos que “la vida seguía igual”, aunque mirando de reojo a nuestros vecinos italianos pero no sintiéndonos, aún, vulnerables. Incluso en el ámbito sanitario, las medidas de protección por parte de los profesionales eran bastante tímidas, de manera que en el mismo hospital podías ver a profesionales protegiéndose con guantes y mascarillas junto a otros con solo guantes o sin nada. De esto fui testigo el 27 de febrero en las urgencias del Hospital Reina Sofía de Córdoba donde la médica que nos atendió no disponía de mascarilla porque ¡habían desaparecido! Evidentemente nadie que pensara como real lo que se nos venía encima sería capaz de llevarse este tipo de material. Aún estábamos en el “por si acaso”.

Aunque analizar con mirada crítica lo ocurrido es necesario y conveniente para corregir errores y deficiencias, no lo es menos que se debe hacer desde la honestidad, mirarnos al espejo y decirnos si, cada uno al nivel de responsabilidad que le corresponde, estaba actuando de manera diferente al estado de negación. Evidentemente hay grados de responsabilidad pero nos puede dar una pista de cómo estaba el patio en aquellos momentos y, de esa manera, poner un poco de humildad para ser más comprensivos con quienes, a pesar de la incertidumbre y la gravedad de las medidas a tomar, tenían la responsabilidad hacerlo. Lo que hoy observamos es que, apoyándose en la información que facilitan los técnicos en materia de salud, desde el concejal del municipio más humilde hasta la presidencia del gobierno están haciendo lo imposible porque salgamos de esta pandemia.

Lamentablemente, existe un estado mental que denomino “Tontilandia” el cual, aunque no es exclusivo de ningún país o territorio concreto, puede afectar con más frecuencia a unos lugares que a otros. Nos sirve de pista para sospechar donde es más frecuente saber que existe una relación directa con el “índice tabernil” (número de bares o tabernas por habitante) y una relación indirecta con el “índice lector” (número de libros leídos por habitante). Es decir, a más tabernas y menos libros leídos más afectados. Otro dato significativo es continuar anclados en el Medievo por lo que se sigue recurriendo a la ayuda de dioses y similares para enfrentarse a los problemas.

Esta condición, aunque está presente en todos los tiempos y circunstancias, se evidencia de manera exponencial en las situaciones de graves crisis sociales como la que padecemos en estos momentos. Resulta útil observar su conducta en las etapas del duelo mencionadas anteriormente para evidenciar su peligrosidad por lo destructivos que son.

Aunque son muchos los síntomas que tal afección produce en quienes la padecen, me limitaré a señalar solo algunos de los más relevantes para que cualquiera pueda diagnosticar si se encuentra en su camino con algún “Tontín” que es como se denominan a los afectados de tal estado.

Se trata de personas “sabelotodo”, pues sus conocimientos sobre la materia que hablan no proceden de sesudas investigaciones ni del estudio sino de las opiniones vertidas en su templo del saber que es la barra del bar, el patio de vecinos, discursos dogmáticos del grupo afín o las omnipresentes redes. Por lo que el campo sobre el que se atreven a opinar no tiene límites.

La “banalización” es otra de las peculiaridades de estos personajes, pues ante la dificultad de aportar soluciones o ideas en situaciones complejas, con alto nivel de incertidumbre, recurren a la simplificación del problema aportando “soluciones” que solo la miopía de su ignorancia puede considerarlas como tales.

De la necesidad de parecer doctos en cualquier materia y evitar riesgos predictivos, surge otro de los síntomas, el denominado “a posteriori”. Jamás aportan avisos o soluciones previas a las catástrofes, siempre van por detrás a “toro pasado”, diciendo lo que los “responsables”, que siempre son “los otros” y especialmente “el gobierno”, debieron ver y no vieron y tenían que haber hecho y no hicieron. Con lo fácil que era haberlo evitado. Aunque ellos ni vieran ni hicieran nada de lo que dicen se debía haber visto o hecho ¡por el gobierno, que tiene la culpa de todo!

El “egoísmo” y la “envidia” son otros síntomas en estos individuos, pues tienen la capacidad de ver “la paja en el ojo ajeno” y no “la viga en el propio”. Se desgañitan predicando lo mal que lo están haciendo aquellos que se están dejando la piel en intentar dar respuesta a una catástrofe de dimensiones desconocidas hasta ahora. Están pendientes de cualquier imperfección para saltar y señalarla. Y si no encuentran nada recurren a la falacia “ad hominem” o ataque a la persona en lugar de al argumento. Son incapaces de ver el esfuerzo de quienes les ha tocado la dura tarea de enfrentarse a una situación como ésta. Y por supuesto en ningún momento se cuestionan sus propias acciones o inacciones.                                    

Como frecuentemente este tipo de sujetos suelen creer en un cielo habitado por seres fantasmagóricos con poderes sobre la humanidad, organizan rogativas y manifestaciones para pedir protección lo que, en sus creencias, es más útil que aplicar el conocimiento científico como hacen los torpes del gobierno y sus aliados. Por ello cuando las crisis terminan suelen realizar rituales para agradecerles a “sus dioses” la protección con la que han sido bendecidos. Acto de egoísmo puro, pues ello presupone poseer algún mérito del que carecían las desafortunadas victimas a las que, esos mismos dioses, consideraron no era oportuno proteger. Desde una óptica altruista las manifestaciones deberían ser de reprobación a esos poderosos dioses por permitir el sufrimiento y calamidades a los damnificados.

En la pandemia del coronavirus los que padecen “Tontilandia” una vez convencidos, como consecuencia de su “a posteriori” lo fácil que era prevenirla, y reprochar a quienes gestionan la pandemia que utilicen los datos de la ciencia en lugar de la bola de cristal de “la bruja Lola” o de Nostradamus, se han instalado en la segunda etapa, la ira, y de ahí no hay quien los saque, pues aunque vivieron la negación como todo el mundo, al estallarnos el problema y comenzar a tomar medidas por quienes tienen la responsabilidad de hacerlo, el “Tontín” de turno desde su “a posteriori” descubre lo importante que eran los datos previos al estallido, aunque él fuese el primero en negarlo.

Existe una medicina para esta dolencia llamada “pensamiento crítico” que incluye en su composición los “datos científicos” y la “ética”, sin embargo resulta difícil de aplicar a los afectados de Tontilandia pues prefieren ponerse en manos de la pseudomedicina y tomarse la pócima que ésta les prepara a base de dogmas, creencias, supercherías y  muchas redes internauticas. Y todo ello aderezado con mucha malaleche como excipiente.

Quienes no están afectados de Tontilandia pueden ver y valorar el esfuerzo de los profesionales sanitarios en esta crisis, así como otros muchos colectivos profesionales que no enumero por miedo a dejarme alguno sin mencionar. Siendo encomiable el trabajo de la persona que está al frente de esta crisis, el doctor Fernando Simón, por su rigor profesional, humanidad y transparencia.

Antonio Pintor Álvarez

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