¡Falta amor, mucho amor!

De los niños demacrados y consumidos por el hambre, de los niños que lucen los ropajes de la miseria, de los que reflejan en su apagada mirada una infancia rota, violentada y sin futuro… de esos “niños de la calle” que duermen en cualquier rincón y que se cuelgan de los tranvías de algunas ciudades, sin que a nadie parezca importarle tan temprana edad y el riesgo de su caída, es de lo que habla la letra de una canción del grupo mejicano “Mana”. Canción que, tanto en el título como en su estribillo: “¡falta amor, mucho amor!”, deja sentenciada la verdadera causa que explica la existencia de tan crueles realidades.

No podría contar el número de veces que dicha canción, y su significado, aparece impresa en el pentagrama de mi cabeza al contemplar la periferia de nuestra diaria cotidianidad. Esa que suele relatarse con tono impersonal en cada telediario o programa de actualidad, y que habla de todas las catástrofes “inhumanas” que suelen padecer, en su mayoría, los otros: los que no las escuchan mientras almuerzan acomodados en sus respectivas casas. Como ese atentado reciente en Inglaterra que se ha llevado tan absurda y cruelmente la vida de jóvenes y niños, que tanto nos ha conmocionado, y que sólo es la punta de un iceberg cuya gran base está formada por otros muchos atentados de iguales o mayores consecuencias que se suceden prácticamente a diario fuera de nuestra querida Europa, y que nos conmociona en mucha menor medida. Y mientras aquí nos limitamos a elevar peldaño a peldaño los niveles de seguridad y de presencia policial y militar, sin apenas prestar atención a la existencia de tantos barrios marginales y sus causas, a la falta de expectativa y esperanza de tantos jóvenes, a la clase de valores que estamos transmitiendo… a lo que sucede fuera, por muy terrible que sea, nos limitamos a contemplarlo como meros observadores, en el mejor de los casos, de buena voluntad; aunque eso sí, entre bostezo y bostezo, por el tedio que nos produce. Y es justo en esos momentos cuando en mi cabeza, transformada ya en caja de resonancia, vuelvo a escuchar el estribillo de esa canción: “¡falta amor, mucho amor!”

En los últimos días han dado la noticia del gran incremento de niños (y adultos) ahogados en nuestro querido Mediterráneo, a muy pocas millas de esas costas españolas, italianas, etc., donde el tan cuidado “Sacro Santo Turismo” sigue construyendo esos castillitos de arena que, al llegar la noche, puede que derrumbe uno de los pequeños cadáveres que arroja la marea. ¿Sensibilidad anestesiada?…¿empatía adormecida?….¿un sálvese quien pueda ciego y sordo?…no sabría responder. De lo único que estoy seguro es que en mi cabeza vuelve a sonar una vez más esa canción: “¡falta amor, mucho amor!”

También hemos sido testigos de la reciente visita a nuestra Europa del todopoderoso Donald Trump, quien, con su soberano desprecio a la salud de esta Tierra que a todos nos acoge, y de los últimos datos publicados sobre que el aumento del nivel del mar se está produciendo al doble de la velocidad calculada hasta ahora, con los consiguientes desastres que ya se están produciendo en varios archipiélagos, ha declarado su propósito de usar como papel higiénico los acuerdos contra el cambio climático. ¿Cuestión de políticas neoliberales?…¿de capitalismos salvajes?…¿de populismocracia?… Quizás sobra egocentrismo y arrogancia y “¡falta amor, mucho amor!”

Aquí mismo, sin ir más lejos, mientras el gobierno está sacando pecho por los resultados de esa macroeconomía de la que, además de sus acólitos corruptos y unos cuantos más, disfrutan, y siguen los contratos basuras, los salarios de miseria o la sanidad y la educación maltratada, el resto de partidos se dedican a proyectarnos un patético sucedáneo de “juego de tronos”, donde las luchas cainitas se superponen al gran número de problemas que aún están por resolver para la mayor parte de nuestra sociedad.

¿Enfrentamiento entre conservadores y progresistas?…¿entre idealismo y pragmatismo?… ¿luchas en la propia izquierda?… Tal vez sobre protagonismo y ese tipo de verborrea que pronuncia palabras vanas o que nacen ya muertas en las bocas de nuestros representantes políticos, y la verdadera cuestión es que “¡falta amor, mucho amor!”

José Moral González. Simpatizante de EQUO

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