Los “reyes magos” y la tradición

Hemos comenzado el año con un “grave conflicto” que algunos de manera irónica han catalogado como “la mayor crisis democrática en los últimos cuarenta años”. Me refiero a la polémica suscitada en algunas ciudades acerca de la cabalgata de los reyes magos.

Reyes-Magos

Resulta llamativo en este asunto cómo los hechos origen de la polémica (trajes en Madrid, magas en Valencia, suspensión por lluvia en Córdoba…) han sido soslayados rápidamente, probablemente debido a su banalidad y fácil justificación por parte de los afectados, siendo sustituidos, a modo de “profecía autocumplida”, por la supuesta “intencionalidad” de las autoridades municipales en “eliminar las tradiciones religiosas”, de manera que en el vocerío propagado se ha olvidado “el hecho causal” para centrarse en el prejuicio de “la intencionalidad supuesta” como objetivo a criticar, algo similar al “dolor del miembro fantasma” que sigue atormentando al sujeto a pesar de que el miembro origen del mismo ya no exista por haberle sido amputado. Esta permuta mental ha permitido que se produzcan airadas protestas por parte de una ruidosa parte de la población encabezada por significativos políticos de la derecha más clerical, en las que todos han utilizado el mantra de “jugar con la ilusión de los niños” y la “sagrada tradición”.

Ante estos hechos quisiera resaltar, al menos en el caso de nuestra ciudad-Córdoba- lo poco que les ha importado a los “airados protestantes” la salud y seguridad de quienes participaban como protagonistas en el desfile, entre los que se incluían a numerosos niños que tras el chaparrón caído quedaron empapados. Sería oportuno preguntarles a estos irritados padres si les hubiera parecido correcto que los organizadores hubiesen autorizado la continuidad del desfile una vez finalizada la lluvia con las ropas mojadas y con la seguridad de las carrozas mermada, según dicen los técnicos, en el caso de que fueran sus hijos los que iban en ellas. Estoy seguro que la respuesta sería negativa, por mucha ilusión contrariada que ello ocasione a los demás.

En cuanto a la supuesta “ilusión de los niños” por este tipo de desfiles, desconozco si se ha hecho algún tipo de estudio que demuestre tal aseveración, pues no sería la primera vez que algo que nos parece intuitivamente correcto descubramos que no lo es tanto. La infancia es una etapa muy compleja de la condición humana y desgraciadamente hasta fechas recientes no ha sido considerada de interés su estudio e investigación, la hemos dado por tan sentada que no hemos reparado en ella. Nos estamos llevando muchas sorpresas con lo que psicólogos del desarrollo y neurocientíficos están descubriendo, como que en las primeras etapas de la vida no solo aprenden más, sino que imaginan más, se preocupan más y experimentan más de lo que nunca habríamos sospechado, incluso llegando a afirmar que en ciertos aspectos, los niños pequeños son más inteligentes, más imaginativos, mas afectuosos e incluso más conscientes que los adultos. Algo obvio si consideramos al niño, no como un adulto deficiente, sino como una etapa del desarrollo del ser humano diferente al adulto en capacidades y necesidades. Es la etapa de I+D del desarrollo del individuo.

Existe la posibilidad de que estemos potenciando un mito, lo felices que son los niños asistiendo a estos actos, basado en otro mito, el de los reyes magos de oriente.

Por otra parte deberíamos valorar lo adecuado que pudiera ser para un desarrollo mental equilibrado y saludable de los niños la utilización por parte de los adultos, en especial los padres, de una mentira, aunque sea piadosa, apoyada en el argumento de la tradición. Una consecuencia inmediata de tal actitud, pudiera ser, el destronamiento de los padres como elementos de referencia donde buscar respuestas correctas y modelos de integridad, al menos para algunos niños, cuando descubren la mentira, además de inocularse en su personalidad la disonancia cognitiva del “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga”.

En mi opinión, a falta de estudios, en lo referente al mito de la ilusión, es fácil observar que durante los primeros años de la vida del niño, hasta los 2-3 años, este tipo de espectáculos tienen más probabilidad de provocarles miedo y malestar que placer; y a partir de los 6-7 años han averiguado “motu proprio” o por sus compañeros de juego y de estudios la verdad del asunto, quedando una franja etaria en la que es posible en familias muy “tradicionales” y niños “poco curiosos” la creencia en el mito, dándome la impresión que “los padres quieren creer que sus hijos se lo creen y éstos simulan creérselo para no defraudarlos en su ilusión”, algo parecido a la anécdota-chiste siguiente:

Maestro de escuela examinando a un joven alumno.

  • Maestro: ¿Qué son los rayos catódicos?
  • Alumno: Isabel y Fernando

El maestro, bastante socarrón, intenta que el alumno descubra su error acorralándolo con otra pregunta.

  • Maestro: ¿Y quiénes eran los reyes católicos?
  • Alumno: Melchor, Gaspar y Baltasar

El maestro, no se desanima y continúa en su empeño.

  • Maestro: ¿Y quiénes son los reyes magos?
  • Alumno: Susurrándole al oído del maestro: ¡Pero todavía no se ha enterado usted que los reyes magos son los padres!

El otro aspecto de la polémica, la tradición, es más grave si cabe. El biólogo evolutivo Richard Dawkins, escribió una carta a su hija de 10 años en la que le explicaba las “buenas y malas razones para creer” Entre las “buenas” le señalaba los conocimientos científicos que se basan en las evidencias que aporta la observación directa por nuestros sentidos o las pruebas que los demuestran mediante la experimentación propia o ajena. Entre las “malas” le advertía de la tradición, la autoridad y la revelación, como argumentos para aceptar una creencia, precisamente las “herramientas” utilizadas por las religiones para justificar sus creencias.

La tradición es la transmisión de creencias de los abuelos a los padres, de los padres a los hijos, y así sucesivamente, o mediante libros que se siguen leyendo durante siglos. Muchas cosas que los adultos les dicen son ciertas y se basan en evidencias, o, por lo menos en el sentido común. Pero si les dicen algo que sea falso, estúpido o incluso maligno, ¿cómo pueden evitar que el niño se lo crea también? ¿Y qué harán esos niños cuando lleguen a adultos? Pues seguro que contárselo a los niños de la siguiente generación. Y así, en cuanto la gente ha empezado a creerse una cosa -aunque sea completamente falsa y nunca existan razones para creérsela-, se puede seguir creyendo para siempre. Por ello me parece poco ético por parte de los adultos que se transmitan a los niños “creencias” sin haberlas pasado previamente por el filtro de los conocimientos científicos o, al menos, por el sentido común, ya que el cerebro del niño es una “máquina de aprender” y absorbe a modo de esponja toda la información que le llega, incluyendo mensajes tradicionales acerca de las personas y realidad de su entorno, su lenguaje, etc. siendo habitual que tiendan a creer todo lo que los adultos les dicen, sea cierto o falso, tengan razón o no, y como dice Dawkins, “el problema con la tradición es que, por muy antigua que sea una historia, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos siglos que sean” y no podemos esperar que el niño seleccione la información correcta y útil, como las palabras del idioma y descarte la información falsa o estúpida, como creer en brujas, en diablos, en reyes magos y en vírgenes inmortales, pues lo que si nos dicen los estudios de neurociencia es que la zona del cerebro que se ocupa de lo que piensan o creen otras personas situada en la unión Temporo-Parietal derecha (RTPj) se desarrolla tardía y lentamente por lo que los niños no son capaces de comprender hasta alrededor de los cinco años la posibilidad de creencias falsas en los demás.

Como ejemplo del disparate de algunas tradiciones tenemos una concreta como la de María, la madre de Jesús, que para los católicos era tan especial que no murió, sino que fue elevada al cielo con su cuerpo físico, este cuento se inventó 600 años después de su muerte y se convirtió en creencia oficial de la iglesia católica (dogma de fe) en 1950 por el Papa Pio XII, el cual utilizó la revelación y su autoridad (las otras dos malas razones) para justificarlo. En cambio otras tradiciones, también cristianas, discrepan y afirman que María murió como cualquier otra persona. De manera que nos encontramos con la paradoja de que, según la tradición, María está viva y en los cielos en la católica Irlanda del Sur y muerta en la protestante Irlanda del Norte. Situaciones como ésta son bastante frecuentes en las religiones, como creer en uno o varios dioses, en el cielo, en que Jesús no tuvo un padre humano, en que las oraciones son atendidas, en que el vino se transforma en sangre…, ninguna de estas creencias está respaldada por pruebas auténticas. Sin embargo, millones de personas las creen, posiblemente porque se les dijo que las creyeran cuando todavía eran suficientemente pequeñas como para creerse cualquier cosa.

Lo paradójico es que todos afirman estar convencidos de tener razón, de que la suya es la verdadera y los otros están equivocados, hasta el extremo de estar dispuestos a matar y morir por ellas, algo que choca con el más elemental sentido común, que como sabemos “es el menos común de los sentidos”, de manera que cuando alguien nos diga que una cosa es verdad, sería conveniente aplicar una buena dosis de escepticismo y preguntarle por las pruebas que posee, y si no las puede aportar, deberíamos pensárnoslo dos veces antes de creer una sola palabra de lo que nos diga.

Antonio Pintor Álvarez. Médico. Miembro de EQUO y Córdoba Laica

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