¿Qué cambios para qué sociedad?

Con la crisis parece que la ciudadanía ha entrado en “modo simplista” y, de golpe y porrazo, ha olvidado que la complejidad de la existencia humana origina que nuestros actos -su causalidad y consecuencias- sean intrincados, escurridizos y, frecuentemente, obtusos. Por eso, alguien debería empezar a contar esos matices de la realidad más despejados que nos podrían ayudar a explicar el porqué y el cómo del abrupto aterrizaje de la crisis, sus culpables (directos e indirectos) y las posibles alternativas para salir de ella. Ojalá tuviera yo la clarividencia para hacerlo pero, como no es el caso, tan sólo les ofrezco unos hilos para la reflexión por si les apetece tirar de ellos.

La primera cuestión es que la ciudadanía, como concepto abstracto, es irreal. Un ejemplo sencillo. Sesudos análisis aparte, en las pasadas elecciones europeas más de nueve millones de españoles refrendaron en las urnas el austericidio, la supresión de derechos fundamentales, la mentira y el robo al votar a los partidos que los sustentan. O sea, que no todos pensamos igual en cuanto a las políticas de recortes draconianos que venimos sufriendo. Los que, desde la llamada “izquierda”, queremos “converger” para dar un giro radical a la situación política deberíamos tener esto en cuenta así como que los abstencionistas tampoco son un bloque homogéneo.

Por otra parte, se obvia que la culpa de lo que nos ha ocurrido no la tienen en exclusiva partidos políticos, instituciones, gobierno y troika. Para poder apreciarlo, sólo necesitaríamos echarnos al lado y observar en lo que llevamos lustros convirtiéndonos. Si el Gurb de Eduardo Mendoza volviese a aterrizar en nuestro planeta a lo peor decidía fulminarnos en vez de hacer comentarios jocosos sobre el estilo de vida que hemos ido adquiriendo.

¿De verdad queremos que esto cambie? Y no me refiero al desempleo, la desigualdad social o los desahucios, que imagino una respuesta unánime. Hablo de la ineludible necesidad de cambiar el sistema productivo, el modelo energético y financiero, la adoración al consumo y al crecimiento, el inoperante sistema educativo postrado ante las necesidades de un mercado al que poco importa cuestiones como la felicidad, los derechos humanos, la solidaridad o la libertad. Tenemos que empezar a asumir que no todos queremos el mismo mundo, que nuestros posicionamientos difieren en muchos casos radicalmente y que cuando hablamos de una sociedad más justa (los que hablen de ello) no todos pensamos en la misma justicia.

Por ello, necesitamos empezar a desmarcarnos de los idealismos que no conducen a ningún sitio y de la pátina de buenismo con la que cubrimos nuestras intenciones de cambiar la realidad económica, política y social y ambiental. Lo que necesitamos urgentemente es que los mejores comiencen a aportar ideas, trabajo y compromiso pero sin olvidar al resto, los interesados, los mediocres, los distraídos y los ausentes porque, aunque nos parezca lo contrario, también tienen sus ideas, su trabajo y su compromiso y, por cierto, votan o no, tributan o no y existen o no.

Diego Rodríguez, educador y coportavoz de EQUO Córdoba

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