Erase una vez la ecología política…

Hoy publicamos un “regalo” de un gran amigo de Euskadi, que nos lo envía con mucho afecto y animo para nuestra recta final de elecciones.
 
Especialmente dedicado a todxs lxs compañerxs de eQuo Andalucía y eQuo-Los Verdes d’Asturies que, a la vez que luchan por el cambio en la calle, siembran las semillas para llevar la ecología política a las instituciones.
 

Recientemente, llevando a mis hijas a la biblioteca, me encontré con un cuento de mi infancia cuya historia va así: En tiempos lejanos, tres bandoleros asaltaban en las carreteras las carrozas y desvalijaban a sus viajeros/as de todas sus pertenencias en oro y dinero. Luego acumulaban sus tesoros en un castillo perdido en la montaña. Un día, atacaron una enésima carroza pero solo había una niña en su interior. Al no poder apoderarse de otra cosa y para no irse con las manos vacías, se la llevaron a su castillo. Al llegar, la niña, temeraria e impertinente, descubrió los tesoros acumulados desde hacía años y les preguntó con ingenuidad por qué guardaban tantos baúles llenos de metales preciosos en sus bodegas. Los tres bandoleros se miraron atónitos, incapaces de contestar: ¡nunca se habían hecho tal pregunta!

Lo mismo ocurre en los tiempos modernos: la ecología política, como esta niña sincera y rebelde, mira a los ojos a los políticos, economistas y otros bandoleros de las crisis actuales con una pregunta sencilla: señores (utilizo el masculino exclusivo a propósito): ¿por qué acumulan todas estas riquezas materiales y monetarias? Y luego mira a todas aquellas personas que conformamos esta sociedad diversa y nos pregunta: ¿por qué y para qué (hiper)producen, (hiper)consumen y (hiper)trabajan tanto? ¿Esto les hace más felices? ¿Les asegura un futuro seguro para su prole? ¿Garantiza un medio ambiente sano y buena calidad de vida para todxs, vivan en el Norte o en el Sur?
 
 
Quizás algunas cifras nos ayuden a entender mejor la profundidad y carga social y política de estas preguntas. Está probado, por ejemplo, que por encima de un umbral de 15.000 dólares por habitante y año, no existe ninguna correlación positiva o negativa entre crecimiento del Producto Interior Bruto y aumento del bienestar. En cuanto a la esperanza de vida y a la escolarización, desaparece cualquier tipo de correlación con el aumento de ingresos respectivamente por encima de 18.000 $ y 12.000 $ per capita / año (1). Lo que significa en lenguaje llano que el aumento continuo de nuestras rentas y la opulencia material, principalmente en los países del Norte y élites del Sur, no nos hacen más felices, ni aumentan nuestro bienestar (¡25% de desempleo y más de 20% de pobreza en España!…) pero sí son altamente agresivas con la biosfera. Fíjense ustedes, si todxs viviéramos como la ciudadanía española, necestaríamos tres planetas. Como bien decía Boulding allá en los setentas: quién crea que un crecimiento infinito es posible en un planeta finito, es un economista o un loco… o, añadiría yo, simplemente un homo sapiens del Antropoceno, drogado a base de trabajo productivo y de consumo de masas.
 
Ahora bien, cambiemos las gafas para mirar este mundo y hagámoslo con el Happy Planet Index (HPI). Se trata de un índice ideado por la fundación inglesa New Economics Foundation, que calcula la riqueza de un país mediante tres factores: el grado de felicidad de sus habitantes multiplicado por la esperanza de vida media y dividido entre su huella ecológica. España, que a pesar de las crisis sigue manteniendo orgullosamente un puesto alto de país de “primer mundo” en la clasificación por PIB per capita (el 23), retrocede con esta fórmula al puesto 76 de 143, es decir a mitad de tabla: un país de riqueza media-baja bien lejos detrás de Costa Rica o República Dominicana, que encabezan el listado… Al mismo tiempo, como –pobre– consuelo, le lleva 40 puestos de ventaja a Estados Unidos, un país que el economista chileno Max Neef no duda en calificar de país en vía de subdesarrollo por su alta ineficiencia en el uso de recursos naturales y la continua recesión social que vive desde los años 80 (2).
 
En esta dinámica de empobrecimiento social y ecológico de los países mal llamados “desarrollados”, no queremos más cuentos de la lechera: ni en España, ni en Andalucía, ni en Asturias, ni en ninguna otra parte. La prosperidad futura no se basará ni en más crecimiento irracional e innecesario, ni en una austeridad impuesta para socializar las deudas económicas y ecológicas contratadas por una minoría. La prosperidad residirá en nuestra capacidad en construir un nuevo pacto social y ecológico donde, de forma participativa y solidaria, nuestras sociedades evolucionen hacia niveles de vida acordes con los límites ecológicos del planeta y que cubran las necesidades básicas de sus componentes así como sus legítimas aspiraciones a la autonomía y a la felicidad. Dicho de otra manera, una nueva etapa para la humanidad basada en una prosperidad sin crecimiento y el buen vivir.
 

A modo de conclusión, es de justicia dejar constancia que en el cuento de mi infancia, una vez que escucharon la pregunta de la niña, los tres bandoleros dejaron su negocio e invirtieron toda su riqueza en acoger a las y los niños huérfanos de la región, transformando su castillo del terror en pueblos solidarios. Esta auténtica transición socio-ecológica no tiene por qué quedarse en un simple cuento de hadas. Eso sí, hará falta más de una pregunta —y de una lucha en redes y alianzas– para llevar el cambio a todos los rincones de la sociedad y, por esta razón, necesitamos una ecología política fuerte e impertinente desde abajo hacia arriba.

Notas:  
 
(1) Asimismo, algunos países alcanzan niveles significativos de florecimiento con solo una fracción de los ingresos de los países más enriquecidos. Por ejemplo Chile, con un PIB anual per capita de 12.000 $, tiene una esperanza de vida de 78,3 años, mayor que la de Dinamarca, con 34.000 $ / año per capita.
 
(2) Por ejemplo, en 1989 uno de cada cinco niños vivía por debajo de la línea de pobreza, en 2010 el 32,3 por ciento de los niños de todo el país eran pobres.
 
Florent Marcellesi, miembro de la Comisión Gestora de Equo

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